De la Cordillera al Trópico, nuestro viaje por Costa Rica.

CUADERNO DE CAMPO

Por Max Lemaître y Marcia Gálvez

Lo primero que notamos al bajar del avión fue ese aire húmedo y caliente que te envolvía. Acostumbrados al calor seco y aplastante del Valle del Aconcagua, este era un calor distinto: espeso, con cuerpo, como si uno tuviera que abrirse paso a través de él. Prefiero el frío, me gusta el invierno, pero llegábamos con tanta ilusión que eso no importaba. Costa Rica nos esperaba con sus bosques exuberantes y su biodiversidad asombrosa. Íbamos a estudiar rehabilitación de fauna silvestre, y Marcia realizaría su práctica del diplomado en Alturas Wildlife Sanctuary, en Uvita.

Viajábamos con ganas de aprender, y en especial, de entender cómo un país tan pequeño, con solo cinco millones de habitantes, había logrado en pocas décadas recuperar lo que se habían demorado siglos en destruir: sus bosques, sus ríos, su fauna.

Mientras Marcia estudiaba, conviviendo con todo tipo de animales rescatados, yo recorría bosques y pueblos, cámara en mano, tratando de capturar en imágenes todo lo que tenía ante mis ojos. La naturaleza parecía haber reinado por siempre ahí, dominándolo todo en su estado más puro, pero no era así. Parado en medio de un bosque de aspecto centenario, encontré un pequeño letrero que decía: “En 1970 este lugar era un campo de forrajeo de ganado”. Y ahí está lo más grande de Costa Rica: porque no siempre fue la joya ecológica que es hoy. Durante décadas, la deforestación avanzó vorazmente para dar paso a ganadería y cultivos, como sigue ocurriendo en el centro y sur de Chile. Pero en los años 70 tomaron una decisión radical: restaurar lo perdido. Y funcionó. Hoy es un modelo de regeneración ambiental que contrasta con la realidad de la mayoría de los países. Ellos se detuvieron y tomaron el camino de vuelta.

Esa capacidad de regeneración la vimos no solo en los bosques, sino también en el mar. Costa Rica protege sus costas con la misma fuerza que le ha llevado a recuperar sus selvas, lo que ha permitido que las ballenas retomen sus rutas milenarias y regresen en gran número durante su temporada de parición. Desde el Parque Nacional Marino Ballena, abordamos un bote con la ilusión de ver de cerca a estos gigantes del océano. Pero uno propone y la naturaleza dispone. El fuerte oleaje y la velocidad de la lancha transformaron la aventura en una tortura para Marcia, que a los diez minutos de zarpar y durante las tres horas que duró la travesía, luchó con todas sus fuerzas por sobrevivir al mareo. Sin embargo, el avistamiento fue fascinante: ver a los animales más grandes del planeta moviéndose lentamente, apenas a dos metros de nosotros, fue una experiencia inolvidable.

Cuando volvimos a tierra, Marcia apenas podía mantenerse en pie. Entre náuseas y mareos, no pudo ver ni disfrutar nada, y mis intentos de transmitirle con palabras lo que ella no había podido presenciar fueron completamente inútiles. Me quedó claro que la próxima vez que vea ballenas, será en un documental.

Pero Costa Rica no solo nos mostró la belleza de su naturaleza, sino que también nos enfrentó a un contraste inesperado, que no se ve en folletos turísticos ni en las publicaciones de los visitantes. Aunque la maravilla de una naturaleza diversa es la gran protagonista, muchas zonas urbanas nos sorprendieron por su pobreza, deterioro y suciedad. En las calles de San José y Puerto Viejo, vimos escenas que en Chile no son frecuentes: personas comiendo lo que sacaban de la basura, calles caóticas y un contraste tremendo entre la riqueza de los parques naturales y la precariedad de ciertos barrios.

También nos dimos cuenta de otra realidad: Costa Rica es carísima. Todo costaba el doble o el triple de lo que esperábamos, y ese sueño romántico de quedarnos a vivir en un paraíso tropical se fue diluyendo con cada compra en colones que hacíamos.

A pesar de estos contrastes, el viaje dejó huella en nosotros. Experimentamos la resiliencia de los ecosistemas, el trabajo de los centros de rehabilitación, la posibilidad real de devolverle a la naturaleza lo que le hemos quitado, o más bien, devolverle la oportunidad de recuperarse. Nos llevamos lecciones que queremos aplicar en nuestro propio trabajo con CEREFAN: la importancia de la conservación activa, de involucrar a toda la comunidad, del rescate de fauna no solo como un acto individual, sino como parte de una estrategia mayor para recuperar un territorio.

Cuando finalmente nos subimos al avión de regreso, la sensación era extraña. Una mezcla de aprendizaje, asombro y un poco de desilusión. Costa Rica no era exactamente lo que habíamos imaginado, pero sí nos dejó una enseñanza clara: la regeneración es posible, pero cada lugar tiene sus propias batallas.

Y a veces, en esa brecha entre la expectativa y la realidad, se esconde el verdadero aprendizaje.

(Todas las fotos por Max Lemaitre)

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